Jesús

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Dos “personajes” me quedan por presentar en esta página del Verbo Divino desde esta mi casa, que es también la tuya. No son del tiempo de Adviento, sino de Navidad. Son  Jesús y los Sabios de Oriente.

Ya que vamos a celebrar su cumpleaños el día 25, escribiré hoy algo de lo que ha hecho en mí aquel hombre maravilloso que de su infancia sabemos poco y no demasiado de su edad adulta.

En torno a su nacimiento gira todo este “belén” que estamos montando estos días.

Basándose en lo que escribieron de él hace dos mil años los que lo conocieron, alguien lo presentó así no hace mucho:

 

“Jesucristo

Alias: el Mesías, Hijo de Dios, Príncipe de la paz, Señor de los señores. Notable líder de un movimiento clandestino de liberación. Practica la medicina, fabrica vino y distribuye alimentos sin licencia. Se entromete en los asuntos públicos, alborota al pueblo y atenta contra la libertad de los comerciantes. Se asocia con conocidos criminales, radicalistas, subversivos, prostitutas y gente de la calle. Es un conspirador y se arroga autoridad para hacer de la gente hijos de Dios. Su apariencia y aspecto es típico de un hippie, cabellos largos, barba, túnica y sandalias. Merodea por los barrios bajos, tiene varios amigos ricos y con frecuencia se esconde en el desierto. Tiene un grupo de seguidores de pésima reputación a quienes llaman “apóstoles”. Este hombre es extremadamente peligroso. Su insidioso e inflamador mensaje es particularmente peligroso para la gente joven: una vez conocido difícilmente se olvida. Transforma a las personas y exige para ellas la libertad…”

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Otro escritor de altos vuelos, muy cercano a Jesús, y muy amigo suyo, escribió esto otro:

“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron… La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; éstos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

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El primer escrito lo encontré yo en mi juventud publicado en el tablón de anuncios del Ayuntamiento de mi pueblo. Lo guardé y aún lo conservo.

El segundo, en forma de himno, lo encontró aquel gran amigo de Jesús y lo puso en su página www, llamada hoy evangelio de Juan.

Cada uno a su estilo, a mí me han hecho pensar los dos.

¿A ti no?

Yo me dejé seducir por lo que se decía de ese “personaje”; seguí sus huellas y… ¡lo encontré!

Lo escuché muchas veces por las riveras del Órbigo, después por las del Duero. A las orillas del Ega me sedujo y seguí la corriente. Ahora, no sé si por azar o providencia, lo escucho contemplando las aguas mansas del Pisuerga.

Desde aquí trasmito, como en aquel tiempo un primo suyo, llamado Juan, lo que sé y lo que le oigo cada día.

Me gustaría hacer (¿y a quién no?) lo que dicen que él hacía… pero me quedo en el intento. Y es que… no nací en Belén ni estuve en la mente de Dios como lo estuvo él.

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