Misioneros del Verbo Divino españoles en el Mundo

El domingo 23, celebramos el Domund, domingo de las misiones. Óscar González de Alcorcón/ Madrid, misionero en Congo comparte con nosotros su experiencia misionera en ese país africano.

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Llevas 6 años en Congo. ¿Cuáles son les recuerdos más entrañables de estos años?

Óscar: Por una parte está mi trabajo principal, hacia los verbitas de mi provincia congoleña; me ha encantado trabajar con los más jóvenes, donde creo que se encuentra el mejor futuro de la provincia. Pero también con los mayores, en especial con Silvère Maurutto, un italiano de 82 años con quien conviví tres años y con quien conversar resulta una gozada. Por otra están los laicos, con los que, por mis sucesivos trabajos de ecónomo, no he tenido mucho trato. Así que extraigo lo poco o mucho que he podido hacer por ayudar a algunos en momentos puntuales de dificultad extrema. También el día que sufrimos un accidente con el vehículo del provincial, y la cara de atontado que a éste se le quedó en los segundos posteriores al accidente. Le golpeé la mejilla diciéndole: “Bernard, nos has salvado”. En ese momento aún no nos creíamos que hubiéramos salido sanos y salvos.

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¿Cómo te acogió la gente en Congo?

Óscar: Por mi trabajo hacia el interior de la congregación, no he tenido los “baños de multitudes” con los que se suele asociar a los misioneros que trabajan en parroquias, colegios o dispensarios. Mi trabajo es “atípico”, y la acogida de la gente creo que también lo ha sido. Por largo tiempo, muchos han visto en mí una posible solución económica a sus necesidades, hasta que se han dado cuenta de que soy una persona más que ha venido a cumplir la misión que la congregación ha tenido a bien encomendarme. Esto ha provocado que ciertas personas hayan desaparecido y que las que permanezcan sean amigos y amigas muy fieles en quienes se puede confiar. Seis años dan para crear una nueva familia de amistades profundas en un país, y gracias a Dios los he encontrado… y ellos a mí, je, je.

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En general cuando hablan del trabajo de los misioneros, hace pensar en el anuncio del evangelio. Tu trabajo en cambio tiene mucho que ver con la administración. ¿Cómo lo explicas siendo misionero?

Óscar: Recuerdo que cuando mis padres, que ya conocían mi intención de ser misionero, me propusieron estudiar previamente alguna carrera, entre las que estaba empresariales, me dijeron que siempre podría resultarme útil en cualquier lugar donde me encontrara. Muchos años después me vino a la cabeza que ya desde pequeño jugaba a ser administrador de negocios con mis hermanos, como si fuera algo premonitorio. Ser gestor de una ONG dedicada a los niños de la calle o ser ecónomo provincial se salen de los estereotipos, pero creo que son tareas indispensables para que los demás misioneros puedan desarrollar actividades apostólicas, de evangelización o de promoción social. Pero en un momento de crisis económica y de fe como el actual, en el que es muy difícil conseguir recursos para la labor misionera, si no hay una buena búsqueda, canalización, gestión y justificación de nuestros recursos económicos, todo el edificio se viene abajo. Por ello, la responsabilidad que tengo es enorme, con 140 cohermanos que dependen en buena medida de mi trabajo “oculto”, de despacho, entrevistas, informes, documentos e internet. El tema del dinero es siempre muy delicado, y mi trabajo debe ser discreto, con lo cual no es extraño que la gente se sorprenda y se pregunte si se puede ser misionero y gestor a la vez. De hecho, a veces pienso que el misionero se ha convertido, muchas veces sin serlo, en un arquitecto, albañil, profesor, enfermero, asistente social, sindicalista, etc, simplemente porque en muchos países los Estados más que servir a los ciudadanos están para servir los bolsillos de los gobernantes. De ahí que, ante tantas actividades paralelas, demos la impresión de que el mensaje evangélico se diluya hasta hacerse casi invisible. Para un ecónomo, como para los demás misioneros, lo principal es la vivencia personal y comunitaria del evangelio, con independencia del trabajo ejercido en la sociedad. Creo que los cristianos deberían observarnos más por si somos o no consecuentes con Cristo, es decir, porque hayamos decidido ser religiosos, que por el tipo de tarea que realicemos. Si para Santa Teresa “Cristo también está entre los pucheros”, sé que Él también lo está entre las anotaciones contables y los quebraderos de cabeza que provoca la falta de dinero o ciertas imperfecciones nuestras que dejan que desear.

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¿Qué diferencias observas entre la Iglesia de España y la del Congo?

Óscar: A simple vista, las iglesias en Kinshasa están generalmente llenas de gente de todo tipo de edades, mientras que las de España se vacían poco a poco y los que asisten regularmente son cada vez de mayor edad. Los templos en Congo son muy sencillos, mientras que en España tenemos verdaderas joyas arquitectónicas repletas de arte. A nivel de compromiso, no veo muchas diferencias, porque el cristiano (si lo es de verdad) se comporta igual viva donde viva y en cualquier circunstancia socioeconómica. Algo que sí echo mucho de menos en Congo es un debate teológico profundo a partir de la situación de miseria en la que se encuentra el país; en este sentido, creo que la Iglesia institucional (incluidos los religiosos y religiosas) nos miramos demasiado el ombligo para tratar de continuar en un ambiente económico desfavorable y olvidamos el sufrimiento de los verdaderos destinatarios de nuestra misión: el pueblo.

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Algunas anécdotas de tu vida misionera en Congo.

Óscar: La primera vez que asistí a un campamento de verano de los niños de la calle, uno de ellos se me acercó y me tocó el brazo, que lo tengo velludo, y me dijo: “es como un perro”, y es que los de raza negra apenas tienen vello comparado con los európidos. Me sentí como un extraterrestre para ellos. En 2007 vino al Congo un español con quien estuvimos viendo barios de Kinshasa; está prohibido fotografiar, y siguiendo la vía oficial no conseguimos el permiso necesario, pero como necesitaba fotos para llevárselas, tanto él como yo íbamos, con mucha discreción con las cámaras pegadas a las ventanillas sacando fotos. Un motorista de paisano se puso a mi lado y obligó al chófer a parar el Land Rover. Se presentó como militar y nos repitió que estaba prohibido fotografiar porque el país está en guerra. Yo le conté que el español había venido para hacer proyectos de desarrollo y para ayudar al Congo, a lo que él me respondió que “si es así, yo les doy mi autorización para grabar” (sin papeles ni nada), y con el típico saludo militar, de forma muy marcial, nos dejó continuar nuestro trayecto. Algo parecido me sucedió con otro militar, pero esta vez armado: de regreso a Kinshasa después de una salida en bici con un cohermano, se me rompieron los cambios y tenía que rodar con el plato más pequeño, a velocidad de tortuga. Un militar, ubicado en la carretera, cerca de una finca de la mujer del presidente, nos paró y nos obligó a identificarnos para sacarnos dinero, como de costumbre. Mi compañero intentó negociar con él, pero yo estaba tan cabreado por el problema de la bici, y porque se nos caía la noche, que me enfadé muchísimo, le di 100 FC (0,1 €) y le dije que iba a contactar con mi embajada para que el expulsaran del ejército. Me debió tomar en serio, porque nos dejó en paz… En casa, reflexionado, me di cuenta de que si se le hubieran calentado los cascos el militar habría hecho de nosotros lo que hubiera querido, y que mejor es no volver a tentar la suerte.

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