Miradas II (de Simón Inza SVD)

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EL QUE SE LLAMA JESÚS
ME MIRÓ:

Es israelita, hombre de pueblo, insignia de su pueblo, no le acompañan al nacer títulos honoríficos de sangre, ni escrituras de herencias; como todos los pobres, dos brazos para trabajar, un corazón grande para amar y más amar; su escuela: la calle, el tajo, las orillas del lago de Galilea, las estrellas silenciosas de la noche, la arena abandonada del desierto, su pueblo sufriendo.

Todavía joven, macuto sobre la espalda, cantimplora llena de agua, siete panes, dos peces en lata, un puñado de olivas, una docena de dátiles, rubrica de por vida lo que su Padre Dios le pide.

Soñador, libre y suelto, empujado por el fuego del viento recorre caminos con el mensaje del Padre recibido, siembra donde se apiñan desposeídos de pan y cariño, andrajosos, maltrechos, heridos, olvidados en la cuneta del camino, en malolientes tabernas –lugares prohibidos para “puros”–. Frecuenta plazas, puertos, y mucho menos le son ajenos los sufrimientos de los enfermos; los paisanos excluidos reclaman su presencia, y les proclama: ‘dichosos los pobres’, ‘felices los limpios de corazón`, ‘bienaventurados los constructores de la paz’,’ enhorabuena a los que hacen de su vida un servicio para los demás’. ´Dios los acoge como suyos’.

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Cercano, hasta sentarse con la samaritana en el brocal del pozo, donde le descubre el manantial inagotable de su deseo sediento; misericordioso hasta compartir sin asco el plato roto de los indeseables; alegre hasta convertir el agua en vino alargando el día del amor y de la fiesta; sabio para no llamar a nadie maestro, ni señor, ni excelencia, sino solo a uno, Padre, a todos los demás, hermanos; carece de techo para descansar, almohada en la que reclinar su cabeza, libre ante la provocación frente a los que quieren quitarle de en medio, veraz hasta el pasmo de sus enemigos, sensible para emocionarse con los niños y derramar lágrimas amargas por el luto de su pueblo.

Señor de la Vida, nadie se la quita; día a día, paso a paso, gota a gota, pies amasados en la polvareda del camino, sigue en fidelidad su destino y da el Paso por su Dios pedido y exclama tranquilo: Padre, todo lo he cumplido.

Más allá no hay más, la muerte se estrella, desintegrada ante la Cruz forjada en el yunque del dolor; su Padre Dios de gozo llora, aplaude su obra maestra. Jesús el Nazareno, el Señor de la Vida, hijo de nuestra tierra e hijo de María, de verdad, resucitó, Aleluya, Aleluya.

En su patria chica, la risueña Galilea, junto al lago azul, entre verdes colinas de Pascua florida, me convocó junto a los suyos: ”Id por todo el mundo, renovad la tierra, llevad mi Buena Nueva”, estaré siempre con vosotros, os dejo mi Espíritu y su Fuerza entera.

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