Maestro, ¿dónde moras?

Siguiendo con la presentación que vengo haciendo de este oasis de Dueñas, en Palencia, os propongo hacer hoy una excursión. ¿Queréis que le llamemos peregrinación? La ocasión me la brindan el buen tiempo, a pesar de estar en Noviembre, y la celebración en la iglesia parroquial de Dueñas, presidida por el abad de la Trapa, en agradecimiento por la reciente canonización del Hermano Rafael. El monasterio lo tenemos cerca, pero está a las afueras de Dueñas.

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En esta peregrinación virtual nos va a servir de guía el evangelista san Juan. Un reportaje, a modo de diario que él escribió hace casi dos mil años, aunque de diario no tiene nada, nos viene muy bien hoy.

A lo que me refiero está escrito en Jn 1,35-51.

Dice ese evangelio que un día, hacia las cuatro de la tarde, el Bautista señaló a Jesús, que pasaba junto al río Jordán, como “el cordero de Dios”.

Dos de sus discípulos, que entendieron lo que significaba eso, le preguntaron: “Maestro ¿dónde vives?…

Venid y lo veréis, respondió Jesús. Y ellos se fueron con él”.

Uno se llamaba Simón.

Acontecimientos así se han repetido a lo largo de la historia. (Lo digo por experiencia personal). No hace mucho, ocurrió también con un estudiante de arquitectura. Se llamaba Rafael Arnáiz. En enero de 1934 alguien, desde Madrid, le señaló el monasterio cisterciense de San Isidro de Dueñas, y acá se vino para vivir, como él decía, con “sólo Dios”.

La diabetes sacarina tres veces le hizo abandonar el monasterio; pero él volvía de nuevo a “su Trapa”. En abril de 1938, a sus 27 años de edad, abandonó por última vez esta comunidad trapense para unirse definitivamente a la comunidad celeste. Aquí quedaban silenciosos y admirados sus compañeros de oración, canto, alabanza y trabajo en el campo y en la fábrica de chocolate.

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Mañana, el abad de la Trapa, Dm Enrique, presentará en la parroquia de Dueñas a san Rafael no como a quien hay que seguir; sino que hay que seguir a Jesús con el entusiasmo y el tesón con que Rafael lo buscó, lo siguió y permaneció con Él. Eso hicieron también aquellos dos discípulos del Bautista que hablaron con Jesús un día a media tarde, le siguieron e invitaron después a otros a que hicieran lo mismo. ¿Has leído esos diálogos de Jesús con Simón, Andrés, Felipe y Natanael? ¡No te lo pierdas! (Jn 1,35-51).

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