Luis Liberti está en Madrid con nosotros

Del Provincial

Luis Liberti

 

Algunas perspectivas teológico-pastorales de las Conferencias Generales del Episcopado latinoamericano y caribeño desde Medellín a Aparecida (1968-2007)

 

Entre los objetivos propuestos por el Concilio Vaticano II aparece en primer lugar: “el LuisOscarLiberti[1]acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana” (SC 1). Hoy reconocemos dicho crecimiento, no solo por las reformas o renovaciones circunstanciales o apropiadas impulsadas por el Concilio. Su herencia ilumina para transitar y comunicar la vida en abundancia de Jesucristo, en tanto en la Iglesia seamos servidores y promotores de la vida plena e integral de las personas en el acontecer de la historia.

La vida en abundancia para los pueblos latinoamericanos y caribeños, que tiene su fuente en Jesús, y de la cual la Iglesia es mediación sacramental, ha sido el telón de fondo de las diversas Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, acorde a las situaciones históricas que las contextualizan.

En cada una de estas Conferencias hubo opciones teológico-pastorales significativas, señalemos algunas constantes:

  • Se atendieron las situaciones históricas de las personas, las culturas y los pueblos latinoamericanos y caribeños. Es una recepción creativa del Concilio Vaticano II y del papa san Juan Pablo II, el camino de la Iglesia, sigue al del hombre.
  • Se anunció y proclamó la verdad de la Buena Nueva de Jesucristo, rostro humano con el cual la Trinidad nos dona vida nueva y abundante. “El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado”. (GS 22).
  • La Iglesia continental discernió ‒sin afán de eclesiocentrismo ni autoreferencialidad‒ a lo largo de las Conferencias investigadas, dos preguntas que estuvieron en los albores de la reforma del Concilio Vaticano II: “Iglesia, ¿quién eres” e Iglesia, ¿cuál es tu misión”. Progresivamente se está configurando un rostro de Iglesia continental (con sus luces y sombras) que es misterio (ejes trinitario, cristológico y pneumatológico, santidad, escatología), pueblo de Dios (narración-memoria, inculturación, historia, diálogo con el mundo, etc.), comunión (con Dios, entre los fieles, en la diversidad de expresiones de la misma fe, con otras confesiones cristianas u otras, con los hombres de buena voluntad, etc.) y misión (testimonio, anuncio, liturgia, caridad, dignidad, opción por los pobres, solidaridad, etc.). Es lo que ha asomado en el curso de esta reflexión.
  • El transcurso histórico y las respuestas discernidas con la Palabra de Dios y la asistencia del Espíritu Santo, se enfocaron núcleos temáticos o ideas fuerza confirmando algunas figuras de iglesia continental que podamos reconocer ‒que por sobre salir, no por ello son excluyentes de otras figuras‒, por ejemplo:

Medellín es una voz profética ante la injusticia de las estructuras socio-económicas y políticas contemporáneas (aunque dolorosamente perduran y se ahondan),

Puebla  es evangelizar desde talantes antropológicos, cristológicos y eclesiológicos dando identidad y autoconciencia a la Iglesia latinoamericana,

Santo Domingo es la memoria que solo Jesucristo ilumina y centraliza el método de la nueva evangelización, incluyente de la promoción humana y de la inculturación del Evangelio en el interior de los pueblos y personas,

Aparecida es un programa para que la Iglesia ‒en conversión permanente‒ se transforme en una comunidad de discípulos misioneros (santos) compartiendo la abundancia de vida de Jesús en un cambio de época, ante la globalización de la pobreza y la injusticia estructural imperante.

¿Puede haber algún programa para seguir encarnando en la historia el Evangelio? Una respuesta apropiada la brinda san Juan Pablo II, en NMI 29: “No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Sin embargo, es necesario que el programa formule orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de cada comunidad”. Esto último es lo que intentamos relevar en nuestro estudio,  las orientaciones teológico-pastorales adecuadas a los contextos históricos en los se desplegaron las Conferencias de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. La historia continúa y seguirá exigiendo nuevas respuestas y nuevos compromisos, porque el Señor, viene a hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5).

Luis O. Liberti svd

Universidad Católica Argentina

 

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