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Escrito por SVD-ESP   
Viernes 05 de Marzo de 2010 19:41

La siguiente comunicación nos la envía Carlos del Valle, el coordinador en Chile de las comunidades del Verbo Divino. Carlos es oriundo de Benegiles, pueblo de la provincia de Zamora.


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Comunicación desde Chile a las comunidades SVD de España

El inicio del año pastoral y escolar nos ha traído pánico, desolación, temor, dolor y sufrimiento. Se nos ha metido el miedo, la inseguridad en el cuerpo. Con el pasar de los días vamos siendo más conscientes de la magnitud de lo ocurrido. Un terremoto de grandes dimensiones, una catástrofe que en cuestión de minutos ha cambiado la vida de tantos chilenos. La fuerza telúrica de la naturaleza nos sorprende, nos sobrecoge. Hoy palpamos nuestra impotencia, la fragilidad, la finitud.

Hasta la mañana del 27 de febrero quizá tendíamos a vivir, inconscientemente, en esa burbuja que nos brindaba la rutina de la tranquilidad, cierto bienestar, sosiego, seguridad. Posiblemente nos había tocado la epidermis lo que unas semanas antes había sucedido en Haití. Pero ahora… la catástrofe está aquí, es nuestra, la estamos tocando, la estamos sufriendo. Somos nosotros, nuestra gente, quienes sienten en carne propia el dolor de la muerte y la destrucción, la impotencia de haber perdido las seguridades que habíamos ido acumulando, fruto del propio esfuerzo durante largos años. Un remezón interior a esa tranquilidad que nos lleva a ver sólo en la penumbra que la impotencia, la fragilidad y finitud forman parte de la vida humana. Ahora lo sabemos por experiencia.

Pasados los primeros días, quisiera reiterarles la información que ya envié a la comunidad provincial, quizá ahora con un poco más de precisión, reiterando un primer sentimiento de gratitud al Señor por los nuestros: cohermanos, empleados y familias… están todos bien, compartiendo el dolor en la cercanía de tanta gente que está sufriendo en nuestros lugares de trabajo.

Desde el primer momento nos preocupó la situación de Los Ángeles, por la cercanía a los lugares del epicentro del terremoto. La casa de la comunidad ha sido seriamente dañada, aunque no estructuralmente. Se trata del tejado, vidrios, cielos interiores, instalaciones de agua. Lo mismo el colegio ha sufrido daños considerables en algunas partes que están siendo evaluadas. También han sufrido daños graves dos capillas de la Parroquia de Pallihue, la casa vieja del Huaqui, el gimnasio del Colegio S. José y otros daños quizá menores del mismo colegio.

El edificio de la escuela industrial de El Pinar en Santiago ha sufrido daños bastante serios, en muros, tabiques y vidrios. Asimismo la iglesia de Manzanal en Rancagua cuenta con daños considerables. También las construcciones antiguas de nuestro Seminario, con grietas en muros y vidrios rotos. Seguramente que en los próximos días irán apareciendo otros daños que aún no han sido evaluados, contando también con la posibilidad de que continúen las réplicas. Sin embargo, estos daños que como Provincia hemos sufrido en nuestras construcciones son una nimiedad en comparación con el ambiente de destrucción y desolación que estamos presenciando a través de la TV, ante todo en las regiones del Bío-Bío y el Maule. Ahí está concentrado el dolor y sufrimiento del país y, por tanto, esas regiones suponen el foco de nuestra atención.

Durante estos días los medios de comunicación están transmitiendo testimonios de sabiduría humana entre gente sencilla que espontáneamente, después de haberlo perdido todo, afirman: “Lo material se recupera con esfuerzo”; “Gracias a Dios, estoy vivo”; “Esto nos iguala a todos, nos une en humanidad”; llamadas a resistir, levantarse, comenzar de nuevo. Afirmaciones espontáneas que contienen una fuerte dosis del sentido profundo de nuestra vida humana, y que estamos invitados a interiorizarlo por medio de la oración. Y nos vendría bien meditar y orar cada una de esas expresiones. En contacto directo con el sufrimiento a flor de piel, una vez más podemos experimentar que la gente sencilla, desde la experiencia del dolor, está evangelizando. Hagamos un esfuerzo por ir despertando siempre más nuestra sensibilidad para poder captar ese mensaje de la Palabra de Dios que nos llega a través de palabras, actitudes y comportamientos de personas que están sufriendo.

Ante la dimensión de la catástrofe, ciertamente no podemos quedarnos en el lamento o la compasión que quizá llega a tocarnos la piel de lo superfluo. Tampoco podemos quedarnos ensimismados mirando las grietas de nuestras propias construcciones. El desafío de quienes están sufriendo es demasiado grande para nosotros como misioneros en Chile. Un reto que nos remece para salir de nuestras tranquilidades, y no seguir analizando las flores del Principito. Se nos impone la realidad cruda de Chile, también como Palabra de Dios que nos llama a la responsabilidad, a responder al dolor y la necesidad de nuestra gente. No queremos remitir el problema simplemente a Dios centrándonos en la catástrofe natural. Ponemos en ejercicio la propia capacidad de responder a la situación de quienes sufren las peores consecuencias. El Señor, Anti-mal de amor, acompaña y sostiene nuestra aventura, y nos convoca a colaborar con Él en el trabajo del amor solidario, que asegura el sentido y alimenta la esperanza, precisamente aquello que la gente sencilla logra expresar en momentos fuertes donde la existencia se siente amenazada.

Un país destrozado urge ser reconstruido. Miles de corazones destrozados esperan la urgencia samaritana de las vendas, el vino y el aceite. Nuestras cabalgaduras misioneras llamadas a repletarse de necesitados en camino a la posada, con la mano en el bolsillo de nuestras comunidades para sanar heridas. Es hora de la generosidad solidaria en la disponibilidad de esfuerzo, tiempo, medios y personas. Dos palabras están orientando hoy nuestro quehacer misionero en Chile: unión y solidaridad.

Nos unimos al dolor de tantas familias que han perdido a sus seres queridos, que han quedado sin casa, sin enseres, el esfuerzo de años arrebatado en un par de minutos. Nuestra cercanía física y afectiva, alimentando esperanza a quienes están sufriendo. Nos unimos solidariamente a los miles de hombres y mujeres que han estado y continúan ahí, renunciando al sueño, a la tranquilidad, y hasta exponiendo la propia vida por ayudar a las víctimas. Imploramos el Espíritu de fortaleza para nuestra gente y nosotros mismos, para que puedan levantarse, y podamos levantar a Chile formando ese único corazón que hoy más que nunca late al ritmo de la solidaridad en ejercicio.

Como creyentes, también la oración solidaria nos pone en pie. Redoblemos en estos momentos la razón de ser de la plegaria en nuestras comunidades, entre nosotros mismos, para poder contar con la fuerza que nos viene de lo Alto en experiencia de sentido a lo que estamos viviendo hoy y fortaleza en la esperanza. Santiago, 5 de marzo de 2010

Carlos del Valle, SVD

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