Con la firma de Antonio Bellella

Llega a nuestra WEB por Macario Villalón, provincial, que lo valora y nos lo recomienda

Aportaciones de la Vida Consagrada a la comunión eclesial 

Lecciones de la historia

A caballo entre los siglos XVI-XVII, San Roberto Belarmino no dudaba en definir a la Iglesia como una sociedad perfecta, esférica, bien acabada, sin aristas y con unos engranajes institucionales envidiables. El teólogo jesuita sólo pretendía encerrar en un concepto la complejidad de una realidad tan variopinta como la Iglesia y su expresión cosechó un éxito innegable. Otros habían descrito la Iglesia como una pirámide, gobernada desde la cúspide y sostenida por una amplia base, en una equiparación no muy feliz con el mundo feudal. Refiriéndose a la multiplicidad de los factores que confluyen en la constitución de la Iglesia, hubo quien subrayaba su carácter poliédrico, polifacético. Otros comparaban la comunidad cristiana con un hexágono, a modo de colmenas; algunas descripciones hablaban también de paralelismos, de simetrías y asimetrías, de superposición y yuxtaposición, de prismas, de relaciones cóncavas y convexas, de verticalidad y horizontalidad.

En tiempos más recientes, se ha insistido en el carácter circular de la Iglesia, cosa que ha dejado huella incluso en la arquitectura de los templos. Desde esta circularidad -o quizá por esta circularidad- se ve a la Iglesia como un ámbito de comunión 68fb3e3b9d4ee9517ac1022989fdfc49en un doble sentido: primero, las relaciones se establecen sin superponer necesariamente los planos y se privilegian el diálogo y los mecanismos de colaboración; segundo, se busca crear y favorecer cauces que posibiliten la circulación, el movimiento comunicativo y relacional entre los diversos estados de vida, en cuanto aspectos que componen una realidad por naturaleza compleja. Se pretende generar así una comunión corresponsable y subsidiaria, que tenga como fruto una unidad que no anule las diferencias, ni maquille las dificultades. Este artículo se sitúa precisamente en el análisis de esta geometría circular, mirando la historia de la vida consagrada desde esta perspectiva:

(1) EG. 236. «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad. Tanto la acción pastoral como la acción política procuran recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno. Allí entran los pobres con su cultura, sus proyectos y sus propias potencialidades. Aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos.»

 

1. Circularidad sonora: Armonía y melodía
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En los cursos de guitarra se habla de círculos armónicos y de círculos melódicos. Toda música bien ejecutada, que pretenda sonar bien, busca combinar ambos elementos: el acorde (armonía) y la nota (melodía). Armonía y melodía se componen de los mismos elementos -las notas-, sólo que ejecutados de manera lineal o de manera simultánea. Para el oyente, en primer plano domina la voz cantante, en un encadenamiento de sonidos que en sí mismos parecerían elementos separados, pero que en el conjunto sonoro se ven acompañados y sostenidos por el segundo plano: un continuum bien acordado, que armoniza y da consistencia al producto sonoro.

De la misma manera: a lo largo del tiempo, la comunión de la Iglesia ha requerido y buscado la circularidad sonora de la armonía de la unidad, combinada con la melodía de la diversidad. Así, en la historia de la Iglesia y de la vida consagrada ha habido cinco grandes tensiones sonoras que se han debido armonizar melódicamente, toda vez que se pretendía que la comunión circulara, es decir, existiera y se comunicara a la vez. ¿Cuáles han sido? ¿Cómo se han resuelto?
a. El acorde formado por la unidad y la diversidad: el último mandato de Cristo en el Evangelio de Mateo Id por todo el mundo, desde el primer momento ha tenido que contar con otro versículo del Evangelio de Juan no menos exigente: Que todos sean uno. ¿Cómo ser uno cuando se está disperso, se hablan distintas lenguas, se vive separados, se tienen diferentes mentalidades? El cristianismo en el conjunto de su historia ha considerado la diversidad como riqueza no como problema insalvable, y ha sabido acomodarse de manera extraordinaria a las más diversas realidades (melodía), sin renunciar al ideal de la unidad, ni perder el sentido de la misma (armonía).

b. El acorde tendido entre lo universal y lo local: el ámbito de referencia de los primeros cristianos era fundamentalmente la comunidad local de la que cada uno se reconocía miembro; pero ya las cartas paulinas dan fe de la importancia que, naturalmente, va adquiriendo la idea de Iglesia universal, que considerada teológicamente es vista como Cuerpo de Cristo. Andando el tiempo se llega a la sana conclusión de que el conjunto de las comunidades constituye el pueblo nuevo, donde cada comunidad local es importante pero relativa (melodía); y donde lo universal se sabe aglutinador y deudor al mismo tiempo de lo local (armonía).

c. El acorde formado por lo carismático y lo institucional: no hay oposición franca entre lo carismático y lo institucional, sino complementariedad fructífera y mutua pertenencia. Sin lo carismático, lo institucional sería pura organización y sin lo institucional lo carismático quedaría recluido en el no llegar a ser. Dicho de otra manera, sin la armonía de lo carismático, la melodía de lo institucional no sería bien interpretada por nadie. A lo largo de los siglos, las diferentes instituciones han sido como conductos para que fluyeran los diferentes carismas en orden a la común edificación, o sea, la comunión ha circulado por medio de instituciones de naturaleza carismática: reforzándose y limitándose a la vez; dando luz al tiempo que se consumían; haciendo resonar una música que, por su propia naturaleza, se perdía en el viento, no sin antes mover y conmover los espíritus.

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d. El acorde tensado entre la tradición y la renovación: la comunión se basa en una tradición compartida y expresada en discernimientos que son lecturas de la voluntad de Dios a lo largo de la historia, que adquieren carácter normativo: estamos sobre los hombros de los gigantes. El que cree en la comunión y la tradición también las crea, y las re-crea renovándolas, enriqueciendo los genuinos ecos armónicos del ayer con las acompasadas notas del hoy. La comunión verdadera no se puede imponer en virtud de antiguos esquemas, más bien debe construirse y consolidarse desde la perenne novedad del Espíritu que sabe armonizar todo tiempo y lugar.

e. El acorde formado por lo comunitario y lo personal: es el último de los círculos sonoros que han necesitado y aún necesitan concordarse si se quiere que circule la comunión. Lo común, lo fraterno, la voluntad de ser koinonia ha sido tan importante como lo personal e individual. Mirando al pasado podemos plantear este tipo de interrogantes: ¿Qué hubiera sido de un fundador sin su congregación, o viceversa? ¿Puede existir una congregación que no tenga miembros? ¿Ha subsistido a lo largo de la historia algún carisma tan personal que no haya sido concretado en una propuesta comunional? La armonía de lo común necesita de la melodía de lo personal y viceversa. La comunión no es la mera suma de las concordancias individuales, sino el fruto de la sintonía entre lo individual y lo común.

En el siguiente apartado se verá cómo la vida religiosa ha ido ejecutando estos acordes a lo largo de la historia, o quizá también podríamos decir cómo ha ido afrontado estas tensiones, no de manera destructiva sino constructiva, haciendo que por medio de ella circulara una corriente de comunión fiel y creativa a la vez.

2. Circularidad concéntrica: las claves para la Comunión

Si se lanza una piedra a un estanque de aguas tranquilas, de inmediato se dibujan de dentro hacia fuera -del núcleo a la periferia- una sucesión de círculos concéntricos, dependientes e independientes entre sí. Análogamente, es fácil identificar una serie de ondas expansivas producidas sobre el lago de la historia a partir del siglo III: se trata de círculos concéntricos relacionados con la Vida Consagrada. Las ondas nacen de un núcleo fundamental y están interrelacionadas. Todas se van expandiendo a lo largo del tiempo, configurando estilos y construyendo caminos. No es fácil aislar el modo exacto de aparecer cada una de estas características, pero sí que lo es levantar acta de la existencia de los discernimientos que implican, y contemplar la visibilidad de sus frutos en orden a la comunión.

¿Cuál es el núcleo? La vida consagrada subraya dos movimientos a la hora situarse comunionalmente ante el resto de la Iglesia: la búsqueda de Dios y el seguimiento de Cristo. En San Antonio Abad, el patriarca de los monjes, esto es perfectamente claro: va a una iglesia lee el evangelio del joven rico, siente la llamada a ser perfecto, lo deja todo y se lo da a los pobres para seguir a Cristo; acto seguido, inicia una seria búsqueda de Dios viviendo en el desierto: un camino de renuncia de sí mismo (ascesis) y una nueva manera de comunión con el resto de la Iglesia (ya no vive en medio de la comunidad pero se siente hermano de todos pese a estar solitario). Esta es la primera piedra que cae sobre el lago, a partir de ahí se van desplegando sucesiva y sistémicamente el resto de los círculos. Cada uno sería una aportación específica en clave de comunión.

a) De la Búsqueda a la Contemplación: La búsqueda despierta el anhelo de la contemplación: o sea de la dedicación exclusiva a Dios, que en un primer estadio aparece como una tarea individual. El individualismo puede ser el problema, la búsqueda del unum necessarium es la gran clave. La primera aportación: Comunión desde lo esencial.

b) De la Contemplación a la Comunidad: Lo individual abre paso a lo comunitario, a lo cenobítico, a la creación de una realidad alternativa a una sociedad tolerante con el cristianismo pero poco permeable a sus grandes exigencias. La vida consagrada construye aquí una comunión desde la búsqueda reglada y compartida, aportando a la Iglesia el anhelo de mantener alto el ideal originario de las comunidades cristianas. La fuerza de este modo de vida fue tal que pronto se reconoció como una forma -un estado- diferente de ser cristiano: sus miembros no son sacerdotes, pero tampoco viven como laicos; no es exclusiva de una parte del género humano: hombres y mujeres pueden formar parte de ella; no está ligada a una zona o lugar concreto, se mantienen retirados pero no se limitan geográficamente a un espacio específico como lo fue el desierto en los primeros momentos; no asumen en exclusiva tareas pastorales, pero no dejan de preocuparse por la edificación del pueblo de Dios; se dedican sobre todo a Dios, sin dejar de ser y estar muy atentos y sensibles a las vicisitudes de los hombres. Este estilo de vida adquiere tal entidad, madurez y autonomía que la misma Iglesia le otorga un estatuto especial, creando una red que va más allá de las fronteras territoriales y diocesanas.

c) De la Comunidad a la Fraternidad: Este paso va unido a los cambios sociales que llegan con los siglos XII y XIII. La comunión ya no se establece solo en virtud de una vida reglada y compartida en un ambiente cerrado según una características definidas; se quiere que sea una comunión que genere fraternidad. La vida consagrada desplaza su experiencia secular al centro de las ciudades y se propone en medio del corazón del mundo como una comunidad abierta, relacionada con todos, fraterna, preocupada por los hombres, cercana a los pobres y atenta a la cultura emergente. Entiende que para esto debe ser hermana y cercana, franca y humilde, dialogante e inquieta. La comunión con el resto de la Iglesia aquí supone un nuevo tipo de relación y, sobre todo, un gran reto de tipo pastoral. La vida consagrada aporta aquí un sentido intenso de fraternidad que por medio de sus terceras órdenes alcanza ampliamente a los fieles.

d) De la Fraternidad a la Misión: Estamos en el siglo XVI. Las navegaciones han hecho que el conocimiento del mundo se amplíe como nunca hasta entonces, se trata de la primera globalización. En Europa, la Reforma protestante ha dividido a la Iglesia occidental. La necesidad de evangelizar se hace perentoria: por un lado hay que iniciar procesos de comunicación de la fe con los nuevos pueblos; por otro, hay que instruir en la fe a los que por diversas razones ignoran las verdades de la misma o pueden alejarse de la Iglesia. La comunión crece y circula aquí por medio de la Misión. Unos entran en la comunión de la Iglesia por medio de la primera evangelización y otros no la abandonan si se les vuelve a catequizar. La vida religiosa apostólica surge como una forma de vida diferente dentro del gran cauce de la historia de la Iglesia; es como un ejército ordenado, en marcha, dispuesto para la misión, que sostiene y alimenta la comunión eclesial mucho más que cualquier otro estado de vida canónicamente reconocido.

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e) De la Misión al Testimonio: Si en el siglo XVI para reformar la sociedad había que reformar la Iglesia, en el XIX hay quien piensa que para continuar las reformas de la sociedad, hay que destruir la Iglesia. La irrupción del mundo contemporáneo en la cultura occidental propone un serio recorte de la presencia de instituciones eclesiásticas, cosa que afectó visiblemente la presencia de la Iglesia en el ámbito público. La vida religiosa apostólica contribuyó en este contexto a construir la comunión en clave femenina y testimoniante: crece enormemente la presencia de la mujer en el apostolado activo de la Iglesia; se impone el criterio de abandonar las grandes instituciones y optar por presencias transversales; y, sobre todo, capilares: atendiendo al pueblo cristiano y siendo evangelizadores desde el tejido vital cotidiano. Para restaurar la hermosura de la Iglesia ya no se piensa en grandes gestas, sino en pequeños testimonios.

f) Del Testimonio a la Transformación: Después del Vaticano II, la renovación de la vida consagrada se ha expresado de muchas maneras y ha mantenido dos movimientos simultáneos: uno interno de trabajo intenso de reflexión sobre la identidad y el carisma que ha desembocado en la misión compartida (sin duda un ejercicio de comunión eclesial); y otro externo que ha replanteado el cómo y el dónde de la misión, primando el compromiso con los humildes, la lucha por la justicia y la construcción de una realidad diferente. En síntesis: la comunión se lee en clave de sensibilidad profética, transformadora y carismáticamente inclusiva no exclusivista. Hay que destacar la entrega y el compromiso de un gran número de consagrados con los más humildes, desde la práctica de la caridad y desde la sensibilidad por la justicia. En los últimos años esta clave ha sido repensada y reformulada. Por otra parte, hoy se involucra de manera capilar a otros muchos bautizados en la comunión del carisma, que ya no se ciñe a un estilo institucional concreto, sino que se despliega en toda la riqueza de los estados de vida eclesiales.
3. Circularidad olímpica: los logros (records) en la Comunión

En español no se habla de círculos sino de aros olímpicos. Eso es lo de menos; de lo que se trata aquí es de poner cinco casos concretos donde la vida consagrada a lo largo del tiempo ha actuado como crisol de comunión eclesial o elemento enriquecedor de la misma. Como se decía al principio, esto se ha logrado creando círculos (espacios reales para la comunión) y trazando caminos, canales que permitieran la interrelación entre las diversas formas de vida en la Iglesia. Estos cinco aspectos son records, logros reales que forman parte de un patrimonio intangible, que enriquece y facilita la comunión eclesial.

a) Ciudad en lo alto del monte La tradición benedictina, pese a buscar el alejamiento del mundo, no considera el monasterio como un mundo cerrado, reservado en exclusiva a los monjes, sino como un lugar de referencia, donde todo gira en torno al servicio divino y donde todo se transforma a partir de ahí. Para los benedictinos, el monasterio es un lugar visible que atrae, que crea nudos y núcleos de convivencia, trabajo, experiencia vital y religiosa: es decir, comunión social y eclesial. El abad suele ser el obispo, si es abadesa en bastantes casos goza de jurisdicción episcopal: preside en la comunión. Los monjes pueden estar ordenados o no, el pueblo hace vida en torno al lugar santo que se transforma en un santuario: un centro de encuentro comunional, un pequeño núcleo que es como la luz en lo alto del monte, un remanso de paz en medio de una sociedad convulsa, un espacio de cultura, arte y creatividad. La comunión circula de manera referencial, en el intento de mostrar al mundo caótico un pequeño cosmos. En el paso del primero al segundo milenio, muchas abadías pasan a depender directamente de la autoridad papal, sin estar del todo sometidas a la jurisdicción episcopal; asumen así una función universalizante en medio de una sociedad muy apegada al territorio inmediato en todos los sentidos. A partir de aquí los monjes -y tras ellos toda la vida consagrada- serán un indicador de comunión con el resto de la Iglesia y un canalizador de la misma.

b) No hay más Regla que el Evangelio. Con la fundación de las órdenes mendicantes en siglo XIII se produce un punto de inflexión interesante: el aspecto referencial simbólico pasa a un segundo plano y todo se empieza a considerar en el pensamiento y la espiritualidad desde un punto de vista personalizado, centrado en la lectura del Evangelio y en la imitación concreta de la vida de Jesucristo. Cristo es el modelo, el núcleo, sus hechos y palabras tal como los relata el Evangelio son las referencias reales desde donde se construye la comunión. Ya no cuentan tanto los edificios cuanto las piedras vivas apoyadas sobre la piedra angular.

La comunión circula desde el mismo Jesucristo: que es pobre, obediente, itinerante, predicador, caminante, se mezcla con el pueblo y lo conoce, se entrega, sufre, etc… El relato y la reproducción exacta de su vida es la única norma que debe inspirar a quienes quieren seguirle: a los que el llamó, para que vivieran con y como él y predicaran el Evangelio. En esto consistiría la comunión más excelsa -la apostolica vivendi forma- y sólo desde este criterio puede intensificarse. La Iglesia es seguidora de Jesucristo y está llamada a imitarle; este llamado se dirige a todas las capas de la sociedad y a todas las formas de vida eclesiales, invitadas a mirar al Señor como el modelo de hombre perfecto, que reúne y une para enseñar la manera de caminar hacia Dios. Hay una transformación de la espiritualidad que desde entonces se hace cristocéntrica: unidos en y por Jesucristo, imitando sus virtudes y entre todos representándole comunionalmente en medio del mundo.

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c) Sentire cum ecclesia La frase es de San Ignacio de Loyola y está escrita en las últimas páginas del libro de los Ejercicios. Está relacionada con una época histórica muy compleja, donde la Iglesia institucional es ampliamente contestada y la unidad es destruida formalmente. Estamos en un momento de grave tensión entre lo antiguo y lo reformado. No parece haber conciliación fácil: lo tradicional es acusado de traicionar el ideal primitivo; y lo reformado es considerado como una derivación orgullosa e infiel, que rompe la unidad y abre las puertas al pecado. ¿Dónde queda la comunión? ¿Qué criterios hacer valer para que se restablezca y funcione de nuevo? En medio de esta polémica donde unos y otros aportan razones de todo tipo, resuena humilde pero firme este Sentire cum ecclesia como criterio ignaciano de comunión. Ignacio propone que, pase lo que pase, en todo caso se mantenga la comunión institucional con el grueso de la Iglesia entendiendo que esa es la mejor manera de que la comunión se mantenga y circule -se extienda- a la vez, sin hacer concesiones a orgullos innecesarios, ni provocar más achaques en un cuerpo ya debilitado. No olvidemos que estamos en la punta de lanza de una espiritualidad apostólica, que tendrá una gran repercusión en los siglos siguientes: la Iglesia nunca se anuncia ni se construye poniendo en crisis la comunión, sino permitiendo que se ensanche y favoreciendo que se fortalezca.

d) Misión – Sacerdocio – Caridad Ya en la Francia del siglo XVII, San Vicente de Paul traza un ambicioso plan de misión. Entonces, como hoy, se veía necesario abordar una nueva evangelización, ponerse en misión. A Vicente le preocupan las divisiones internas del pueblo de Dios, la falta de sensibilidad apostólica de los clérigos, la poca atención que se presta a una evangelización integral que haga de la caridad uno de sus mejores aliados. Para Vicente de Paul, la actividad evangelizadora hace circular y avanzar la comunión, y en nada se quedaría si no pudiera sostenerse por el testimonio de vida santa y ejemplar del líder de la comunidad el sacerdote- y por la continuación en el día a día de una dinámica de caridad, de una presencia testimoniante y caritativa, que desplegándose de mil formas haga presente a la Iglesia en las circunstancias concretas de la gente más humilde; mostrando que la caridad es tanto el don más excelso como el que mejor construye la comunión. Vicente idea un plan de Misión que involucra a todos: obispos que se responsabilizan de fomentarlo y posibilitarlo; sacerdotes que lo realizan, sostienen y aseguran; laicos, concretamente mujeres (aquí las Hijas de la Caridad), que no dejan que la Palabra de la Misión y la voz del misionero caigan en terreno poco profundo, sino que aquilatan y mantienen la comunión haciéndola circular por los canales de la caridad.

e) Dios quiere que los seglares tengan una gran parte en la salvación de las almas La frase es de San Antonio María Claret. Es una expresión que pretende hacer de los laicos ciudadanos de pleno derecho de la Iglesia y responsables directos de algunas áreas de apostolado. La comunión no sólo necesita cauces nuevos, sino también gente nueva que trabaje por ella. Claret, obispo, propone una obra apostólica concreta de la que hace garante al párroco, pero pide que la responsabilidad de dirigirla sea de un seglar. Una vez más la misión común, en orden a la edificación eclesial, se convierte en canal de comunión y en ocasión para implicar a distintos miembros del pueblo de Dios en una tarea conjunta que encauce y mantenga la unidad. Claret habla de salvación. Se trata de la salvación del prójimo, no sólo del incremento de la Iglesia o de una cohesión ideológica en verdades indiscutibles. Lo que a todos atañe, debe involucrar a todos: si la salvación es universal, todos pueden colaborar en conseguirla y todos deben implicarse recíprocamente para que el otro, sea cual sea su estado de vida en la Iglesia, pueda disfrutar de la comunión de los santos. Es un querer ir más allá, en una apertura al futuro: individual en su realización, pero comunional en el proyecto y salvadora en la intención.

 

4. La cuadratura del círculo: las faltas contra la Comunión

Este apartado no pretende dejar mal sabor de boca, sino hacer uso de la fuerza del contraste para, desde ella, reconocer también que en la ruta de la comunión no han faltado elementos discordantes, rupturas implícitas o explícitas de la dinámica común. Son cinco aspectos:

a) Alejarse para segregarse: la huida del mundo de los primeros monjes también tiene un toque de abandono de la realidad eclesial difícilmente comprensible hoy. Se va creando poco a poco una especie de casta monástica que, en ocasiones, está más preocupada por defender sus derechos que por construir la unidad. Sobre todo en Palestina y Siria, en los siglos VI y VII hubo serias tensiones que favorecieron no poco las disputas eclesiales e indirectamente propiciaron la rápida extensión del Islam.

b) Rupturas e infidelidades: conforme avanza la Edad Media y se afianza el modelo sociopolítico llamado cristiandad, el hecho de ser monje o fraile también se convierte en un acomodo, una manera relativamente tranquila y segura de estar en medio del pueblo de Dios sin demasiadas pretensiones. Se rebaja así el ideal primero evangélico y no se trabaja seriamente por la comunión. Por desgracia, hay quien ha acusado y aprovechado las infidelidades y la mediocridad de los consagrados para menospreciar la comunión eclesial.

c) Privilegios, competitividad y capillismos: la exención, en cuanto independencia de la jurisdicción episcopal, posibilitó que primero cada abadía y después cada orden o congregación pudieran desarrollar su misión específica con amplitud de miras, de manera universal, ambiciosa, transversal y sobre todo en fecunda colaboración con la Santa Sede; pero también favoreció el espíritu de competitividad, el capillismo y algunos parangones poco edificantes. Se buscaron privilegios en orden a disfrutar de ciertas prerrogativas. Hace tiempo dije con mucha amargura que en algún momento de la historia se han observado en la vida consagrada católica ciertos comportamientos comparables a los de las sectas en el cristianismo evangélico. Es evidente que todo ánimo mínimamente sectario, venga de donde venga, desdice de la circularidad de la comunión.

d) Resistencias a la novedad: siempre se ha afirmado con razón que la vida consagrada ha sido para la historia de la Iglesia el motor de los inventos; pero tampoco han faltado muchas resistencias a la novedad, anclajes en el pasado, deseos de mantener posiciones, miradas desconfiadas hacia lo renovador por considerarlo desestabilizante. ¿En qué sentido esto ha sido un pecado contra la comunión? En una doble vertiente: porque se ha sido incapaz de reconocer el nuevo soplo del espíritu y porque se ha impedido que algunas novedades que surgían hicieran circular sus dones de manera natural.

7a1f84e37f4e5fce0f7ca56b70c7e49ae) Apropiaciones indebidas. Hay dos: quizá la más llamativa haya sido bíblica, al querer hacerse propietaria la vida consagrada de algunos versículos del Evangelio que, aunque escritos para todos los cristianos, se aplicaban en exclusiva a los consagrados, justificando así su separación del pueblo de Dios y su consideración como un estado distinto de gentes perfectas. La segunda es la de los carismas: se ha tardado mucho tiempo en caer en la cuenta de que los carismas no son propiedades personales o grupales, sino que están para la comunión y la edificación de todos; la misión compartida ha abierto los ojos ante esta realidad.

 

5. Circularidad hermenéutica: La necesaria mirada de conjunto

La historia no lleva a juzgar ni a justificar, sino a comprender y a explicar los porqués. Para que así sea, es importante dejar que cada elemento singular quede siempre bien relacionado con el conjunto. Jesús también invitaba a sus discípulos a integrar todo lo que veían en el designio de Dios, valorando cada elemento pero sin perder de vista la amplitud del proyecto común. La urgencia de entender y contemplar todos y cada uno de los carismas en la gran corriente de la comunión eclesial sigue estando muy vigente. Una tarea que solo será real si cuenta con todos los elementos, por pequeños que parezcan, siguiendo la estela de cuantos han posibilitado que el presente sea lo que es.

Antonio Bellella, cmf ITVR – ERA

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