Anselmo Ribeiro, agradecido con todos, esta tarde

En Steyl, y agradecido

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Conversaciones con el jardinero

por Anselmo Ribeiro

Al tercer día de haber llegado a nuestra casa madre, un cohermano, por haber oído a uno que hablaba en castellano, se acercó y me preguntó cuáles eran mis planes para aquella tarde y si yo tendría un “ratico”. De pronto le miré sorprendido por escuchar una voz suave y clara, hablándome con acento navarro. Nos pusimos de acuerdo para, a las tres, tomarnos un café, al que me puse pendiente por la puntualidad. No vaya a ser que, entre los alemanes, pase como latino.

A las 15:01, café y camino por los parques del “Klooster”. Mientras caminábamos, él me hablaba de todo lo que los hermanos hicieron por allá. Con alegría me enseñaba sus caminos limpios como aceras. Aunque pudiera haberme hablado más de sus estudios en Roma o de su misión en Argentina, de las clases en Pamplona o de su liderazgo en Austria y Alemania, se entretenía en mostrarme los parques, los conventos y las personas. Me preguntaba de la vida en España, de la salud de los cohermanos de allá: ¿Cómo están? ¿Por dónde están? Casi a la hora de la cena, él me propuso una nueva cita para la mañana siguiente. Dios mío, la puntualidad por la mañana requiere doble esfuerzo. Pues, cuando el jardinero ya había empezado a limpiar y a recoger las hojas caídas de los grandes árboles, llegué… a disculparme. Simplemente me dijo: ¡No pasa nada! Aunque alemán de nacimiento fue latinizado por la misión y con una sonrisa contagiosa se decía libre como nunca jamás. Limpiábamos y platicábamos. Nuestras historias e historias de los nuestros. Cambiábamos de tema entre búsquedas de nombres en castellano para la hiedra o la maleza. Entre nosotros estaban Marciano Vidal, José Comblin, Enrique Lozano, Pedro Casaldaliga, Shelby Spong, Humanae Vitae, Amoris Laetitia, Francisco y Arnoldo. La palabra cultura junto al jardinero recibía su pleno sentido. Mientras hablábamos se abrían los caminos. Cuando mirábamos hacia atrás, otras hojas ya se caían desvergonzadas, como burlándose de nosostros. Puede ser que el jardinero haya visto mi cara de frustración y de pronto me decía: “Es mi trabajo de todos los días. El caer de las hojas es algo como la eternidad”. Y con la misma sonrisa, como si ahora le tocase a él burlarse de las hojas, aún decía: “Soy libre y feliz”.

Hermann Puhl ha sido uno de los tantos hermanos de Steyl que me acogieron y compartieron de su trabajo, vida y alegría. Por su cariño con los de España, me hizo extender mi paso por tierras castizas hasta aquí, en Holanda, junto al fundador.

Con este cuento de mis conversaciones con el Jardinero de Steyl, también les agradezco a todos de la provincia SVD de España por la acogida, las conversaciones y el compartir durante los últimos meses. Ahora me toca volver a Brasil, pero seguro que he aprendido a burlarme de las hojas que siguen cayendo por donde hemos limpiado.

Anselmo Ribeiro, SVD

ribeirosvd@hotmail.com


Buen amigo Anselmo: nos está gustado mucho leerte; vales. Aquí nos tienes emocionados admirando a nuestro queridísimo Hermann,  y ‘viéndoos’ a los dos tan buenos monjes. ¡Cuidado! Tú a esa Misión ‘de rompe y rasga’ ahí, en Brasil que, por ti, también va a ser nuestro. No dejes de escribir. Abrazos, JC

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