50 años de presencia de los misioneros del Verbo Divino en Dueñas

Envidio a esos narradores que cuentan sus memorias reviviéndolas en el momento de escribirlas. Esa gracia quisiera compartir yo hoy con vosotros al contar lo que viví hace 50 años en esta casa de Dueñas. Es verdad que ese disfrute no depende sólo del que escribe lo que sabe sino también de lo que quiere saber el que lo lee.

Hoy vuelvo mi memoria hacia aquel primer lustro de los años 60.

0_dueas_1_novYo era novicio de los Misioneros del Verbo Divino; en el mismo noviciado estaban otros 20 compañeros. Juntos habíamos terminado el bachillerato y juntos comenzamos esa nueva etapa de nuestra vida. Diez veníamos de la estepa castellana y once de la rivera navarra. Sí, somos esos “21 sotanosaurios” fotografiados delante del molino de Dueñas, que era el palacio que compartíamos con las ratas aquel año 1961. La sonrisa que manifestamos en la foto es, en parte, por aquello de “p-a-t-a-t-a” para que saliera más simpática la foto; pero también esa sonrisa manifiesta nuestra alegría juvenil. En ese año, o en los sucesivos años de maduración personal, la mitad optó por el sacerdocio y la otra mitad por el matrimonio o la soltería. Cada año llegaban a esta casa grupos así de novicios.eg-1

La dinámica del noviciado y la cercanía al monasterio trapense de San Isidro de Dueñas, nos llevaban a vivir la fe según el lema “ora et labora”, tan propio del cister. A nosotros no nos faltaban horas para la oración ni horas para la labor campesina; las horas de oración las marcaba el P. Juan y las laborales el H. Arnoldo.

El mes de Octubre de 1962 marcó un hito en nuestra historia. Con la ocasión del Concilio vaticano_iiVaticano II, entró en esta casa (con aspersión de agua bendita) un aparato de televisión; había que ver al Papa y a más 2.000 obispos de todo el mundo reunidos en Concilio en la basílica de San Pedro. Con la TV entró también la prensa para leer cada día, durante la cena, los reportajes que enviaba José Luis Martín Descalzo desde Roma. Con estos reportajes iban llegando también algunas normas nuevas: la misa ya no tenía que ser en latín, y las clases de filosofía tampoco. Lo de “sotana sí sotana no”, tardó un poco más en llegar; pero llegó (para satisfacción de unos y disgusto de otros).

 7__dueas_inundacinLlegó también, aquel invierno, el agua del Pisuerga hasta los cimientos de la casa recién construida. Fueron días de asueto para las herramientas de la huerta, y de paseos por los cerros de Cevico y de Valoria la Buena.

Muy de vez  en cuando, el señor Gil, alcalde y propietario del cine local, nos avisaba de alguna película apta para novicios y, si el Maestro estaba de acuerdo, nos la proyectaba en privado. Menos cuando llegó “Marcelino Pan y Vino”. Todos quisimos ir a ver esa película; pero un grupo, que días antes nos habíamos manifestado en contra de los horarios laborales, nos quedamos sin pan, sin vino y sin Marcelino. La manifestación había consistido en ir a la clase de liturgia de las 9 sin sotana y con la azada al hombro, porque nos habían puesto, para después de esa clase, trabajo en la huerta hasta la hora de comer. Peleas y desavenencias como ésta eran frecuentes; pero todo se perdonaba en la confesión del sábado.

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Tan bien como la azada manejábamos la pluma o la máquina de escribir. Además de una revista interna de libre expresión (alguna vez censurada), cada semana preparábamos un guión radiofónico misionero que después transmitían varias emisoras del país. Cada domingo en la parroquia de Dueñas, y en la Semana Santa en otras parroquias, prestábamos nuestra colaboración en la liturgia y en la catequesis. Los meses del verano unos los pasaban trabajando en las Hurdes, otros en Cartagena y algunos marchaban hasta Alemania.

Otra anécdota que me trae a la memoria el que la vivió es increíble… La mayor parte de lo que comíamos lo producíamos nosotros: la huerta daba patatas, berzas, lechugas, pimientos, puerros y toda clase de verduras; tampoco faltaban peras, manzanas, ciruelas y toda clase de frutas ricas, ricas al paladar y de buen ver, como en el Paraíso. De una más que mediana granja nos autoabastecíamos de leche y carne. Puedo dar fe de que cada quince o veinte días uno o dos cerdos salían de la granja y entraban en la cocina. Si las berzas las plantábamos y las arrancábamos nosotros, también nosotros matábamos y descuartizábamos los cerdos. La anécdota que me han contado es que un matarife novato colgó por los cuartos traseros al cerdo muerto, como lo había visto hacer en su casa; con el hacha comenzó a abrirlo de arriba abajo por la mitad. ¡Por la mitad quiso hacerlo! El hecho es que lo partió en dos; pero con tan mala puntería que la cabeza del animal le quedó entera para un lado.img_0078

Cierro el baúl de mis recuerdos con aquel que también tuvimos en el primer lustro de nuestra presencia en Dueñas: la bendición de la piedra fundamental de esta casa nueva por el cardenal chino Tomás Thien, miembro eminente de los Misioneros del Verbo Divino. Con él me viene a la memoria agradecida otro chino más eminente: José Freinademetz. Nacido en 1852 en las montañas del Tirol. A los 27 años se fue de misionero a China, y allí murió en 1908 como un chino. Hoy es San José Freinademetz (29 de Enero).

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